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viernes, 30 de marzo de 2012

Congreso Nacional Carmelitano. Sábado 24 de marzo de 2012

Hoy, Viernes de Dolores 30 de marzo de 2012, la Pro-Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Oración y la Caridad en la Conversión del Buen Ladrón, María Santísima de Salud y Consuelo y Nuestra Señora del Consuelo, celebrará Solemne Procesión con su imagen titular del Santísimo Cristo de la Oración y la Caridad, desde la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario a partir de las 20:00 horas.


El cortejo contará con el acompañamiento musical de la Agrupación Musical "Santísimo Cristo de Gracia".


Salida Santísimo Cristo de la Oración y la Caridad

martes, 7 de junio de 2011

Las horas después... (2ª parte)

… el tiempo que había pasado no calmaba aquella sensación de vacío inmenso. Por las paredes se derramaba como piel caliente una sensación acuciante. La oscuridad apenas secaba sus lágrimas. En la distancia, el tumulto ardiente se calmaba y, sin embargo, en sus tímpanos seguía retumbando con la misma fuerza de toda una vida. Cada recuerdo dolía en lo más hondo; cada latido del cuero contra el cuerpo; cada jirón arrancado a aquella fisionomía distinta que trajo la Pascua; cada caída brutal de la madera contra el suelo; cada grito hinchado en la voz de la muchedumbre; cada clavo asiéndolo más a la cruz que sentía como la suya.

Lloró durante días, años o siglos sin poder apartar el dolor de la cara, del temblor infinito de sus manos. La muerte se le había aparecido así, sin más, como una excusa larga, como un engaño fijado, como los óleos candentes de un anochecer maldito que se derriten por las cicatrices de la espalda. Lloró sin el menor atisbo de consuelo, recordando su sonrisa en aquellos días en que la vida era distinta, frente al lago infranqueable de las almas que se salvaban en aquella fantasía ininteligible del Reino. 

Se maldijo por haberlo conocido, por aquella soledad, por lo que le restaba por vivir. Arañó la madera cuarteada de la mesa y quiso gritar, amparado por la sombra de la noche. Deseó que la mirada lóbrega de la tristeza le extirpara toda razón, pero no pudo más que desesperarse entre la memoria de la mirada –vencida y contundente- que sobrepasaba las heridas y en la que sólo encontraba al verdadero Dios.


Recordó sus palabras “hijo ahí tienes a tu madre”. Las lágrimas se habían secado refractándose en las pupilas infinitas de la madre, de la reina, de la mujer apocalíptica. Prendió un cabo de cera y descubrió un trozo de pergamino en un rincón. Nunca había experimentado tanto dolor, tanta soledad, tantas horas vacías… pero jamás había estado tan decidido. Repitió su nombre contra la noche “¡Juan!” y las palabras fluyeron como si siempre hubieran estado ahí, esperando a ser escritas porque en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios”.

Blas Jesús Muñoz Priego

martes, 3 de mayo de 2011

Las horas después... (1ª parte)

Comenzamos hoy una serie de relatos ficticios sobre personajes reales que estuvieron presentes en la Pasión de Nuestro Señor. Esperamos que os guste.


"…recordó que jamás había sentido un temblor que estremeciera todo su cuerpo, por un instante pensó que la tierra se abría en aquel pequeño monte rocoso y destrozaba todo lo que había a su alrededor. Poco a poco se fue alejando del pequeño grupo que aún quedaba allí, mirando cómo aquel hombre expiraba mientras una mujer, consolada por un joven, besaba sus ensangrentados pies que habían sido clavados en el stipes.

Se adentró en el laberinto de calles que conforman el este de la ciudad mientras las oscuras nubes que de improviso habían aparecido en el cielo comenzaron a descargar un terrible aguacero. Inmediatamente se cubrió con su capa y aceleró su paso camino de la posada donde había pasado las últimas noches. Una y otra vez se apartaba el agua de su cara con las manos. Éstas, doloridas por el esfuerzo hecho hace unas horas, habían cargado con el patibulum de aquel hombre que poco después habían crucificado. Aún tenía pequeñas astillas clavadas en sus dedos y desconocía si la sangre que había en la manga de su túnica era suya o pertenecía al Hijo de Dios, como así había escuchado a unas mujeres justo en el instante que un soldado romano le obligó a cargar con el madero.

Al llegar a la posada se acercó a la pequeña hoguera  para secarse mientras consumía lentamente un vaso de vino y una hogaza de pan de centeno que le ayudaban a digerir todos los acontecimientos sucedidos durante las últimas horas y que invadían su alma y su pensamiento. Se levantó y se dirigió a su habitación mientras su rostro, aún mojado, dejaba apreciar unas lágrimas que desaparecían en su poblada barba blanca. Antes de cerrar los ojos volvía a percatarse que seguía lloviendo con bastante fuerza y en ese instante lo comprendió, hoy había visto morir al Hijo de Dios, la lluvia cesó.




Tras amanecer el dueño de la posada entró para despertarlo, pero él ya no estaba allí y sobre el suelo había dejado unas monedas como pago. Simón desapareció para siempre…"

Rafael Gutiérrez Cuyar
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